Charles Bukowski publicó Factótum en 1975, y probablemente sea una de las novelas que mejor condensan su universo: trabajos miserables, alcohol, sexo casual, habitaciones baratas, apuestas, rechazo a la autoridad y una honestidad brutal que resulta incómoda y fascinante al mismo tiempo.
Este es el segundo libro de la saga Chinaski (el alter ego de Bukowski) en orden cronológico. Aquí, Chinaski va de trabajo en trabajo en la América de la posguerra. No hay una trama tradicional; en cambio, el libro se enfoca en mostrar una vida marcada por la alienación, la supervivencia, las relaciones deterioradas, la pobreza y otras dificultades. Chinaski no intenta ascender: intenta conservar algo de dignidad mientras busca escribir. El verdadero conflicto del libro se centra en la tensión entre la supervivencia y la necesidad de crear, incluso en un entorno precario.
Bukowski escribe con su prosa característica: simple, directa, seca e incluso vulgar. Pero también es precisa. A pesar de lo que podría aparentar, tiene una gran capacidad para observar la ridiculez del trabajo con ironía. La miseria no se romantiza; el hambre, el aburrimiento y la humillación laboral aparecen como algo agotador, repetitivo y degradante. La novela se empeña en mostrarlo todo tal como es. Y, aun así, el característico humor de Bukowski aparece: negro, cansado y autodestructivo, como siempre.
Fiel a lo habitual, Chinaski es un alcohólico empedernido, definido por el fracaso y su adicción. Sin embargo, Bukowski transforma esto en una especie de filosofía rebelde: Chinaski bebe para soportar la realidad, pero también porque rechaza a la sociedad. El personaje elige perder porque considera que es más genuino que la hipocresía del éxito convencional. Aun así, nada de esto se presenta como algo glorificable. Detrás de la rebeldía y el cinismo hay una tristeza constante, además de soledad, desgaste y desesperación.
Uno de los aspectos más polémicos del libro es su forma de retratar a las mujeres. Chinaski las observa de manera sexual y emocionalmente limitada. Esto podría justificarse diciendo que el personaje es así, una persona rota, si Bukowski no hubiera mantenido esa misma visión en muchos de sus relatos y poemas. Al igual que sus personajes, Bukowski era un hombre imperfecto y dañado, con comportamientos reprochables. Nunca intentó justificarse; en cambio, plasmó sus errores en su escritura sin romantizarlos.
En conclusión, es un libro que sabe retratar el fracaso, la vida en la miseria y el tedio del trabajo. Es cierto que su estructura es repetitiva y que por momentos puede llegar a aburrir, pero justamente logra transmitir la monotonía existencial del personaje. Si uno disfruta de las historias sobre marginados, del humor negro y de la crudeza, Factótum es una lectura sumamente disfrutable.


