Nacer de un lector entre distopías y derrotados

Mateo Conte descubrió la literatura por accidente, o por destino. Tenía apenas doce años cuando encontró, sobre la mesa de luz de su padre, dos libros que no parecían escritos para un chico de su edad: La senda del perdedor, de Charles Bukowski, y 1984, de George Orwell. Aquellas primeras páginas fueron más desconcierto que comprensión: frases ásperas, mundos opresivos, personajes derrotados. Sin embargo, algo quedó vibrando. No entendía todo, pero intuía que allí había una intensidad que valía la pena perseguir.

Esa lectura temprana (difícil, cruda, incluso incómoda) no lo alejó: lo empujó. Desde entonces comenzó a buscar libros como quien busca respuestas que todavía no sabe formular. Pasó de la rebeldía urbana de Bukowski a las distopías políticas, de los clásicos universales a las voces contemporáneas, construyendo una biblioteca que crecía al mismo ritmo que sus preguntas.

En Mendoza encontró su territorio sagrado: García Santos Libros. Allí, entre estanterías cargadas y conversaciones interminables, se consolidó su identidad de lector. Pilar (siempre Pilar) lo recibió desde el primer día con una sonrisa cómplice, recomendándole títulos, guardándole ediciones especiales y celebrando cada nueva obsesión literaria como si fuera propia. Más que un cliente habitual, Mateo se convirtió en asiduo visitante.

Con el tiempo, la lectura dejó de ser solo un hábito para convertirse en una forma de mirar el mundo. Mateo no lee para escapar, sino para entender; no busca certezas, sino matices. Sus autores favoritos cambian, sus intereses se expanden, pero conserva intacta aquella sensación inaugural: la de un chico de doce años abriendo un libro que no estaba destinado a él y descubriendo que, precisamente por eso, debía leerlo.

Hoy sigue entrando a la librería con la misma mezcla de curiosidad y reverencia. Porque para Mateo Conte, cada libro es una puerta, y cada puerta (incluso la más difícil) es una invitación.