Usualmente, en las películas y demás, la vuelta de los soldados es un festejo, es gloria y honor. Pero Ernest Hemingway, quien vivió en carne propia conflictos bélicos (no como soldado, sino como conductor de ambulancia, siendo herido en el campo), nos muestra la otra cara de la moneda en el cuento «La patria del soldado» (Soldier’s Home), publicado en 1925.
Harold Krebs es un soldado que, después de la Primera Guerra Mundial, llega tarde a su hogar, perdiéndose de la entrada triunfal de los demás soldados. Ya en casa, se pasa los días durmiendo, leyendo sobre la guerra, y jugando al billar, comportamientos que muestran la desconexión y manera «automática» de vivir.
Escrito con el estilo minimalista característico de Hemingway, muestra la apatía, desilusión y efectos de la guerra incluso después de esta, dejando al individuo adormecido y distante emocionalmente. Este adormecimiento se muestra en el desinterés de Krebs en temas como el romance (siendo Krebs incapaz de involucrarse emocionalmente después del trauma), y en el hecho de que, al final del cuento, le miente a su madre para ahorrarse molestias. A pesar de que su familia trata de ayudarlo, la guerra ha calado demasiado hondo en Krebs. Las personas esperan historias gloriosas, pero Krebs no tiene ninguna, así que miente. La gente espera que los soldados sean héroes, pero como Krebs, suelen estar demasiado cansados y heridos para serlo.
Aun así, el cuento acaba con Krebs aceptando una solicitud de trabajo, dejando la posibilidad de que pueda reinsertarse en la sociedad, aunque el final no es optimista: es práctico. Krebs parece aceptar más por presión que convicción, mostrando que, muchas veces, las personas pueden seguir una vida normal sintiéndose vacíos por dentro.
Hemingway no romantiza la guerra, sino que muestra sus efectos en el hombre, incluso cuando esta terminó, siendo una carga invisible para aquel que la ha vivido.


